2009 – La Revolució

La Revolució

SINOPSI

La Sandra i la Cris fa temps que treballen en un nou joc. Capturen els seus sentiments, les seves emocions i les seves pors. Estan decidides a marcar un punt d’inflexió en el món de l’oci digital. És per això que presenten el seu joc a una important empresa que està interessada a produir-lo i distribuir-lo. El joc és el primer capaç d’endinsar-se en el pensament del jugador i crear-li una partida totalment exclusiva per a ell. Però la Sandra pensa que encara pot anar més lluny, ser “més gran” i que es precipiten venent el videojoc a una gran multinacional, és per això que hi treballarà en paral·lel i a l’esquena de la Cris.

FITXA ARTÍSTICA

Text i direcció: Jordi Casanovas

Intèrprets: Roser Blanch, Clara Cols, Borja Espinosa, Mireia Fernández, Pablo Lammers, Sergio Matamala, Alícia Puertas

Vestuari: Clara Virgili

Espai escènic: Jordi Casanovas i Josep Simón

Espai sonor: Sergi Virgili

Il·luminació: Bernat Jansà

Regidoria: Meritxell Manyoses

Producció executiva: Sergi Calleja

Producció: Flyhard Produccions, Centre d’Arts Escèniques Salt/Girona El Canal, Germinal Producciones i Focus

Col·laboració: Teatre Cal Bolet de Vilafranca del Penedès

ESTRENA

Teatre de Salt, 24 de gener de 2009

La Villarroel, 30 de gener de 2009

CRÍTIQUES

- Pensar la vida como videojuego

Jordi Casanovas tiene muy claro que el teatro ha de ser pura estimulación. Gimnasia mental que nos haga pensar, al mismo tiempo que nos lo pasamos pipa. Después de «La Ruina», teatro de anticipación escrito cuando a la crisis, todavía, se le llamaba «desaceleración», Casanovas vuelve a conjugar nuestros temores en «La revolució» que, pese a su iconografía maoísta, nada tiene que ver con el siniestro Gran Timonel.

Inspirado, como Daulte, en la imaginería cultural de la televisión e internet, el autor de «City/SimCity» vuelve a echar mano de un videojuego para trasladar de la pantalla a la vida, las estrategias humanas de supervivencia.

Dos amigas, unidas por un avanzado programa informático, venderán su invento a una multinacional comandada por un ejecutivo que viste la agresividad con la camiseta de los gurus de Silicon Valley. La comercialización del videojuego, bautizado como «La revolució», romperá la complicidad de sus inventoras y descubrirá los efectos del invento en su aplicación social.

Con la celeridad de la consola, Casanovas mueve a sus personajes por un terreno minado de impactos emocionales; y el espectador le sigue, encantado de haberle conocido. El grupo actoral que ya reunió «La Ruina» vuelve a brillar por su compenetración. Roser Blanch y Clara Cols encarnan a las creadoras informáticas y Borja Espinosa, que era el chico responsable en «La Ruina», es ahora el ejecutivo agresivo con camiseta que promociona la violencia en los videojuegos y exhibe una jerarquía pornográfica. Sergio Matamala reedita el efectivo registro tragicómico de la comedia anterior, al igual que Pablo Lammers, Mireia Fernández y Alícia Puertas.
Casanovas va diseccionando las contradicciones de un tiempo, el nuestro, basculando entre la realidad y el espacio virtual. En «La revolució» se formula el viejo dilema: si superado el miedo a la jerarquía y al poder llegará luego el miedo a la libertad. Una comedia inteligente formulada como un divertido videojuego.

Sergi Doria
Abc 06/02/2009

- Un buen juego

Jordi Casanovas se dio a conocer con la trilogía Hardcore videogames (2006-2007), aunque aquellas obras nada tenían que ver con los juegos que usó como títulos. La revolució,en cambio, es el título de la nueva obra del joven autor y director y también el nudo de un texto inteligente, ágil y actual, muy bien puesto sobre el escenario. La revolució no es, desde luego, un llamamiento a la sublevación popular ni una obra política.

Muy al contrario, Casanovas plantea una realidad en la que se inscribe el juego del título y cuya virtualidad reside en el poder de transformar ya no el mundo sino a las personas.

Sandra (Roser Blanch) y Cris (Clara Cols) han diseñado un juego innovador capaz de capturar las emociones del ser humano. Una corporación del sector está dispuesta a comprar el juego aunque quiere hacerle pequeños ajustes para satisfacer la demanda de sexo y violencia del público potencial. Para Cris, que quiere dar un giro a su vida, es una gran oportunidad. Para Sandra no, porque concibe su trabajo como instrumento de autoayuda para que los jugadores enfrentados a sus miedos puedan superarlos y asumir la capacidad de decidir por sí mismos. Si el juego del título es el leit motiv de la acción, esta se ramifica en los comportamientos de cada uno de los personajes.

En una primera lectura, La revolució funciona como una buena comedia dotada de ese ritmo cinematográfico que caracteriza la escritura de Casanovas. En este sentido, la obra, con dirección del autor, da lo que se propone y satisface plenamente al espectador, tanto por su ritmo como por los notables gags en los que brilla la vis cómica de Mireia Fernández. Pero me parece que hay algo más bajo la comedia. Sin pretensiones trascendentes, a lo largo de La revolució circula una somera, si se quiere ingenua, reflexión sobre el mundo en el que vivimos, o en el que querríamos vivir, la capacidad del individuo para emanciparse del poder, y el cuestionamiento de la ética en el negocio de los videojuegos. Apuntes que se resumen en un final casi sarcástico. Fiel a un estilo dramático sin elementos fatuos, Casanovas hace transcurrir su obra en un funcional despacho. Y, tratándose de un texto muy coral, la interpretación, en general, resulta creíble, destacando la labor de Roser Blanch y Pablo Lammers.

Santiago Fondevila
La Vanguardia 04/02/2009

- Los juegos de la mente: Jordi Casanovas muestra en la sala Villarroel su talento para la comedia

Jordi Casanovas (Vilafranca del Penedès, 1978) es un joven autor que utiliza la fuerza de su talento no solo para recrear diferentes universos sino también para dirigir sus propias obras. La suya es una escritura fresca, inteligente, fluida y muy vinculada a los asuntos relacionados con lo cotidiano. Tres piezas estrenadas en el 2008 –Aquesta tampoc será la fi del món, La ruïna y Lena Woyzeck– dan fe de la capacidad del prolífico dramaturgo para sumergirse en cambiantes temáticas.

Ahora irrumpe en la sala Villarroel con La revolució, una pieza que nada tiene que ver con la llamada a la rebelión de las masas contra el sistema y en la que se asoma al mundo de los videojuegos, pero desde una óptica tan sorprendente como dinámica. El autor de la trilogía Hardcore videogames utiliza todo un gran catálogo de recursos para mantener viva la acción de la obra.

Los actores de Casanovas, algunos de ellos amigos suyos desde hace años en su pueblo natal, muestran un gran desparpajo y mucha complicidad con el director. Entran y salen desde las puertas de acceso al despacho donde se desarrolla la historia a ritmo de vodevil, pero sin dejar de lado en ningún momento el permanente clima de intriga de la pieza. Sutil teatro de entretenimiento que conecta al instante con su adicto público juvenil, pero que también interesa al adulto.

Sandra (Roser Blanch) y Cris (Clara Cols) trabajan en los últimos detalles de un juego capaz de capturar las emociones del ser humano. El novedoso ingenio, que permite entrar en la mente del jugador y crearle una partida exclusiva para él, atrae la atención de una compañía multinacional. La empresa negocia los derechos de explotación, pero pide que se añadan componentes de sexo y violencia para interesar a un público más mayoritario.

El enfrentamiento entre las dos asociadas, con intereses muy diferentes, ante la postura que continuar se convierte en el eje de toda la historia y a su alrededor giran el resto de los personajes –muy divertido, con clara estética de cómic, el juego entre el dueño (Borja Espinosa) y su hombre de confianza en la empresa (un hilarante Pablo Lammers)– y muy refrescante la aparición de Mireia Fernández (Isa) con una estupenda vis cómica y de Aina (Alicia Puertas), que tiene un interesante rol al final de la función.
El trazo de estos personajes, que se definen perfectamente a partir de sus comportamientos, es otro de los logros de Casanovas, que juega continuamente con la sorpresa. Las conclusiones, tan ingenuas como maniqueas, que surgen del desarrollo de los hechos completan la disección de la enrevesada pero siempre inteligible trama.
No hay, finalmente, grandes mensajes para llevarse a casa, pero sí una reflexión sobre la falta de ética en el mundo empresarial y sobre las posibilidades del individuo de vivir alejado del poder y las dificultades que plantea el uso de la libertad. El autor no ofrece verdades absolutas ni soluciones para cambiar nuestra sociedad, pero si una historia de intensísimo ritmo. Un final sarcástico, aunque no redondo, cierra esta estupenda comedia que tiene la virtud de mantener viva la atención del espectador.

César López Rossel

El Periódico de Catalunya, 06/02/2009